martes, 2 de abril de 2013

Cap 3

Tu mano se cansa, de repente para de escribir. Sueltas el lápiz y aprietas el puño con fuerza. A tu lado tienes a esa chica que tanto se metía contigo, detrás de ti están sentadas esas que siempre están criticando a la gente. El chico de la mesa de enfrente se gira de vez en cuando para copiar tu trabajo, y el de al lado de la ventana lleva mirándote mal toda la clase.
No puedes más, quieres explotar.
Te aprietas la muñeca con fuerza y te muerdes el labio. Es inútil, las lágrimas se te van acumulando cada vez más en los ojos y, finalmente, resbalan por tus mejillas. Agachas la cabeza y te cubres con la mano, intentando esconder tu rostro para que nadie te vea. La chica de al lado te mira con cara de extrañada, cada vez más intimidante. Te sientes agobiada y notas como te falta el aire entre lágrimas y un calor que se hace cada vez más intenso. De fondo se oye el inglés acentuado del profesor explicando ecuaciones. No lo soportas. Te levantas de la silla y sales corriendo de la clase, dejando atrás a una clase de alumnos que cotillean y discuten sobre lo que te ha podido ocurrir.
Estás en el baño, frente al espejo. Te miras y te odias, como de costumbre. Tienes la cara más pálida de lo normal y las ojeras muy marcadas. Los ojos rojos y sin brillo alguno, parece como si de verdad tu corazón no latiese. No quieres seguir así, no quieres mirarte al espejo ni quieres volver a clase porque sabes que todos te estarán agobiando con preguntas y miradas acuchilladoras. Decides encerrarte en un baño y quedarte ahí, y con suerte, quedarte para siempre.
Se te viene todo encima y vuelves a romper a llorar. Sientes una fuerte presión en el pecho, te falta el oxígeno y vuelve a atacarte otra vez esa ansiedad incontrolable. Sin saber qué hacer, encoges las piernas y aprietas con fuerza, deseando que todo pase de una vez y que dejes de pensar en el dolor que sientes.
Quise saltar al vacío desde el punto más alto al que pudiese llegar.
Quise sentir que este dolor me elevaba, como volar sin alas sobre un cielo ahora gris. Como sentir el frío en la cara; libertad en el oxígeno. Quise sentir que el mundo se me quedaba pequeño entre las manos y que ya nada me importaba, que ya en el olvido era feliz.
Desperté en la madrugada con la garganta atada y el sudor frío en la frente. Mi corazón latía como si de un suspiro fuese a saltar de la boca. Aún sentía ese hormigueo en el estómago, que me decía que soñar era como vivir.
Por un instante, me olvidé del vértigo y de todo lo demás. Salté sin importarme la caída, sin sentir, sin vida. Volé soñando y con el pecho encogido, las respiración cortada y las venas respirando. Volé, sin alas, pero volé.

Me encaminé al instituto. La vecina seguía dando su rutinal discurso a su marido de porqué no podía llegar a esas horas, la calle estaba desierta y el cielo parecía una enorme masa gris...

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